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A solas

A solas

No quería que en aquél momento su imagen turbara mi placentera ducha. Pero allí estaba él, como si el tiempo un hubiera pasado. Como si nuestro último encuentro hubiera sido unas horas antes.

Sacudí la cabeza, como si ese movimiento brusco le fuera a hacer caer y comencé el ritual de enjabonarme. No pude evitar volver a pensar en él, y su imagen sosteniendo la esponja y guiando mi mano, alteró el orden lógico de mi ducha diaria. La pasé alrededor del cuello, con movimientos suaves y circulares para pasar rápidamente a mis senos. Pasé la esponja, apretando para que saliera su espuma, por el perímetro de cada uno de mis pechos, dejando intacto el pezón. La espuma había dejado una grata sensación en ellos y mi piel se notaba suave bajo ella. Dejé la esponja a un lado y permití que mi mano extendiera la espuma. Al principio los movimientos eran suaves y lentos, disfrutando del roce de mi piel, para dejar paso a movimientos más intensos, como si los quisiera apretar, masajeando decididamente los dos al mismo tiempo. Mis manos hacían movimientos simétricos en ambos pechos y seguían el ritmo que yo misma iba intensificando.

Aquello no era bueno para mí, me había prometido a mi misma que saldría de mi mente y no volvería más, pero ahí estaba otra vez, susurrándome al oído que me deseaba. Dejé los pechos a un lado y me estremecí cuando mis manos se deslizaron a la altura del ombligo. Un ligero cosquilleo se apoderó de mi, y una punzada, que había notado muchas veces antes, se instalaba en mi bajo vientre. Acaricié mi barriga, dejando que mis manos hicieran grandes círculos a su alrededor. La espuma era cada vez más y sentía como se acercaba a mi parte más intima, como si me indicara el camino que debía seguir mi mano. Dudé por un momento, pero el deseo de sentir el cosquilleo en mi sexo hizo que mis dedos se deslizaran hasta el clítoris para masajearlo suavemente, mientras una mano buscaba la forma de hacerme explotar de placer, la otra se afanaba en acariciar mis pezones endurecidos con tanta excitación. Se movían como si tuvieran vida propia, mientras en mi cabeza no dejaba de ver su imagen, mirándome desde el otro lado de la mampara de cristal, sonriendo malicioso, como si disfrutara más que yo contemplando como mis ojos se quedaban en blanco, mordía mis labios y ahogaba un gemido al alcanzar el orgasmo.

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